AC: Tema 3: Matémosle y quedémonos con su herencia…

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Objetivo.

Caer en la cuenta del drama que supone el pecado como rechazo del plan de amor de Dios

Introducción.

El gran engaño que ha acompañado a la humanidad desde que ésta salió de las manos de Dios fue el que la serpiente le dijo a Eva. En ese pasaje del Génesis, se explica mediante esas imágenes la realidad más profunda de lo que es el pecado como rechazo a la amistad de Dios. El demonio sabe que los bienes son apetecibles. Sabe que Dios nos los ha dado todos para que los disfrutemos y que este deleite es lo más lógico en la relación con la creación. Dios no ha hecho el mundo para que vivamos en él encogidos o para que lo afrontemos con temor. No. Nos lo dio para que lo gobernásemos con sabiduría y amor, en representación de él mismo. Y por eso, no hay cosa más lícita que gozar con los bienes de este mundo.

Pero, siendo eso cierto, el diablo sabe mucho mejor que lo que verdaderamente seduce el corazón del hombre es aquello para lo que fue creado: el ser igual a Dios. Cuando Dios pensó en nosotros, lo hizo para establecer con nosotros una relación de amor, para que compartiéramos con él su propia vida. Es evidente que esto no lo podríamos hacer nunca por la dignidad debida a nuestro ser, sino por la fuerza del amor que iguala. Lo propio del amor es poner al mismo nivel a los amantes. Y eso también es el escándalo del amor de Dios: él ha querido que nos pongamos a la misma altura para poder establecer con nosotros una relación de amor cierta. Si bien, mientras estamos en este mundo la altura es la nuestra (y por eso se abajó haciéndose carne), en el Cielo la altura será la suya: seremos semejantes a él porque lo veremos tal cual es (1 Jn 3, 2).

El diablo cuenta con nuestro deseo innato de convivir con Dios. Pero lo que intenta es que, para lograrlo, prescindamos de él. Y aquí está su gran corrupción. El ser igual a Dios al final de mi vida (que es lo que todos queremos) sólo será posible en la comunión plena con él, no buscándolo por mi lado. Por eso, la tentación grave del pecado original es ser igual a Dios sin Dios. Es decir, convertirme en el diosecillo de mi propia vida que arroje a Dios fuera. Y cuando el hombre se cree Dios, todos los demás son el antidios (cf Benedicto XVI).

Después del pecado original y el drama de la estupidez del hombre intentando ser Dios por sí mismo, Dios inicia la búsqueda de la restauración de la amistad. Pero se encuentra sistemáticamente con la tozudez del ser humano que vuelve sistemáticamente a la seducción de las criaturas o de sí mismo. Y una y otra vez sucede lo mismo. El pecado consiste en amar tanto a las criaturas que prescindimos del amor a Dios; la conversión es al revés: el amor a Dios, de tal manera que es secundario el de las criaturas.

Jesucristo es la última intentona “a la desesperada” de Dios por restablecer la alianza. Ahora bien, la alianza no se restaura unilateralmente. Por eso es necesaria nuestra libertad que acoja o rechace. Hay un momento en la vida de Jesús, donde se ve con fuerza la oposición del mundo y se vislumbra en el horizonte el drama de la redención. Y Jesús empieza a hablar a las claras de lo que va a suceder en Jerusalén: el hombre va a rechazar la amistad con Dios. Tres veces habla Cristo de su pasión anunciándola. Y las tres veces se encuentra con la incomprensión de los discípulos. Por eso, al final, pone una parábola en la que lo podría decir más alto, pero más claro es imposible. Y el final es ciertamente inquietante: el propietario de la viña manda a su hijo pensando que lo respetarían y sucede lo peor. Lo agarran, lo echan fuera y lo matan… Y es que por quedarse con los bienes de Dios sin Dios, el hombre es capaz de acabar con el dador de los bienes. Preferimos quedarnos con las cosas y encontrar en ellas nuestra seguridad antes que poner la seguridad en el amor de Dios y disfrutar de todos los bienes en dependencia y comunión con él.

Este es el reto de la humanidad. El reto de cada uno de nosotros. A nuestra viña, a nosotros mismos, también ha enviado el Padre distintos avisos que nos han alertado de que es ya tiempo de dar frutos para Dios. Y hemos hecho caso omiso (en el mejor de los casos) o hemos rechazado a los que nos eran enviados. Y en este momento final ha sido enviado Cristo para percibir los frutos que sólo a Dios corresponden. ¿Y qué hemos hecho nosotros? ¿O qué haremos con él?

Siempre sorprende el pasmo de la creación viendo la insolencia del hombre que se rebela contra Dios y no quiere darle el fruto (la gloria) que sólo él se merece. Y cómo tratamos a Dios no deja de escandalizar a toda la creación. En el momento de la pasión, Jesús le dice a Pilato que el Padre tiene preparadas doce legiones de ángeles y que sólo esperan una orden para actuar. Pero todas esas legiones de ángeles se quedan asombradas de la grosería de nuestro trato a Dios cada vez que pecamos. Desde luego que si el mundo sigue en pie es porque el Señor es muy misericordioso…

Es urgente que caigamos en la cuenta de la seriedad de nuestras opciones frente a Dios. Que no da igual lo que hagamos o hayamos hecho. Y es que, si no enmendamos nuestro trato al Señor, se nos arrebatará la viña y se dará a otros labradores que entreguen sus frutos a su tiempo. Es importante que hagamos una seria revisión de nuestra relación con Dios y nuestro trato con los demás (esto se incluye también en el fruto que hay que dar), para que restablezcamos la relación de amistad para la que fuimos creados en la que las criaturas eran medios para amar a Dios y no obstáculos para apartarnos de él. La herencia sólo se disfruta si se obtiene viviendo “en el Hijo”, no al margen de él.