AC: Tema 2: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo.

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Objetivo.

Caer en la cuenta del amor que Dios nos tiene, que está por encima de los bienes que nos da.

Introducción.

Cuando pensamos en la historia de la salvación y tratamos de entender el por qué de esta sucesión de acontecimientos en los que Dios se va complicando la vida hasta el punto de implicarse él y comprometerse entrando en nuestra realidad concreta por medio de la encarnación, entendemos que ha tenido que haber un motivo suficientemente importante para que todo acontezca. Y el motivo de esa historia no es otro que el de revelarnos el auténtico rostro de Dios que nos haga capaces de ser nosotros lo que debemos ser: su imagen y semejanza. ¿Y quién es Dios? He ahí la cuestión que ha traído de cabeza a la humanidad desde sus albores. El hombre siempre ha buscado a Dios tratando de ver su rostro. Esto se comprueba tanto en la historia de las religiones como en el devenir del Antiguo Testamento. El hombre necesita ver a Dios para salir de la indeterminación y, por tanto, de la inseguridad en la que lo sumerge el hecho de no saber de quién es imagen.

Por ello, al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su único Hijo (Gal 4, 4), cuya misión es manifestar el rostro de Dios, su intimidad. Y al hacerlo, nos revela un Dios que es padre, que nos trata como amigos y que quiere establecer con nosotros una relación de amistad familiar. Y para ello, dispone todas las cosas a nuestro servicio. Ya dice San Ignacio en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales que el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, nuestro Señor, y mediante esto salvar el alma. Y el resto de las cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que ha sido hecho (EE 23). El problema está en que, cuando Dios le ofrece al hombre la creación para que a través de ella llegue a conocer el amor de quien se la da, resulta que el hombre se queda en los bienes materiales y saca de él la actitud con la que vive la vida.

Hay personas que ante los dones recibidos no reconocen el amor del donante sino que despiertan en sí una sed insaciable de más. Son los insatisfechos que siempre piensan que se merecen más. Es una actitud infantil e inmadura del caprichoso al que todo le parece poco. Esta postura nace de la soberbia del que piensa que nada está a la altura de lo que él es y que siempre tiene derecho a más. Por esto, nunca podrá vivir con agradecimiento la vida concreta que ha recibido y siempre estará sediento de unas conquistas que luego no disfruta porque pronto se aburre de ellas y sueña con otras. De hecho, la persona que vive con esta postura piensa que todo hombre del cual dependa es un obstáculo para poder disfrutar de su libertad malgastando sus bienes (por eso no duda en desearle la muerte para poder quedarse con su herencia).

Otros piensan que no se merecen los dones porque no han trabajado lo suficiente para que se los entreguen. Son todas las personas que no entienden la gratuidad del amor y que piensan que en esta vida todo hay que comprarlo con esfuerzo. Por ello trabajan y trabajan para llegar a ser merecedores de lo que se les vaya a dar (que nunca saben lo que será porque nunca se abren a la posibilidad de recibir). Estos viven amargados porque nunca será suficiente su esfuerzo para poder exigir los bienes. Y mucho menos cuando los bienes son la felicidad plena o la vida eterna que nos aguarda. Por ello, éstos no serán capaces de entender nunca la lógica del amor gozoso que hace fiesta para agradecer el amor expresado en el don. Para estas personas, también el origen de los dones (el padre, por ejemplo) es un obstáculo en su percepción de la libertad porque le recuerda su límite (cosa absurda porque sin el padre, origen de todo, nunca podremos ser verdaderamente libres).

Frente a estas dos actitudes de la vida, están los que tratan de unir a las personas por encima de los bienes. Aquellos que piensan que es mejor disfrutar del amor que de las cosas y que por tanto se lanzan a intentar tender lazos de unión. Estos, por colocarse en el medio entre posturas enfrentadas, se llevarán bofetadas por ambos lados y tendrán que estar muy firmes o tener una fuente de fuerza especial (Dios) para poder mantenerse como nexo de unión entre las personas. Es lo que sucede muchas veces a familiares que buscan desesperadamente que los suyos no se queden en la materialidad de los bienes recibidos (una herencia o algo así) sino que se asienten en los lazos de amor que fundamentan las familias. Lo que pasa es que suelen llevarse tortas de todo el mundo…

Finalmente está la actitud del que trata de unirse con vínculos de amor al dador de los bienes y que descubre en esas entregas un anticipo del don de sí que quiere hacer el que me da las cosas. Es quien afirma por encima de todo el amor que une y no las cosas que separan. Y que se hace eco del corazón del amante que da los dones y trata de identificarse con ese amor que hay allí. Y que, si por agradar al amigo que da los dones tiene que entregar su vida, lo hará gozoso como respuesta al amor manifestado.

Esto es lo que se ve en la parábola malamente llamada “del Hijo pródigo”. Habría que llamarla del “padre prodigio” o de las “distintas actitudes ante el amor manifestado en los bienes”. Siempre que aparece una herencia se pone al descubierto las actitudes de los corazones: el insatisfecho, el amargado, el que busca unir y el que sintoniza con el padre (como buen hijo cuyo corazón es un eco de corazón del padre – tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo), y se pone en camino para buscar a los hijos perdidos. Está en nuestra mano el reconocer el amor o quedarnos como los inmaduros en el valor de los bienes.