AC: Tema 5: Al que tiene se le dará y le sobrará…

Objetivo.

Reconocer que nuestra única meta es reflejar, cada vez más nítidamente, la imagen de Dios.

Introducción.

Nunca he terminado de entender del todo esa afirmación que hace Jesús de que al final del tiempo al que tiene se le dará y le sobrará. Y menos cuando tratan de explicarme que la parábola de los talentos habla de las capacidades que Dios ha dado a cada persona. Peor me lo ponen cuando me dicen que los talentos que Dios te ha dado hay que trabajarlos porque sería un drama que uno llegue al final de su vida sin haberlos hecho fructificar. Sería como el que lo ha depositado bajo tierra. Y es que entonces yo, que creo que tengo “talento” para ser padre de familia, ¿qué hago siendo sacerdote? ¿Acaso no estoy desaprovechando un talento que Dios me ha dado?

Dada la mentalidad mundana que nos rodea, que funciona a base de cuentas de resultados, solemos interpretar esta parábola como una especie de comercio con las aptitudes que Dios nos ha dado, como si fuera un intento de “comprar” el Cielo. Parece como que tenemos que duplicar esas cualidades y conseguir otras, y otras más. Y pregunto yo, ¿y esto hasta cuándo? Llegará un momento en el que seamos una especie de catálogo de cualidades, y estemos satisfechos (y nos rodee la soberbia tamizada en la autosatisfacción, que es el veneno con que casi siempre nos contaminan).

Definitivamente hay que comprender bien esta parábola con la que Jesús habla del final de los tiempos como un momento en el que se verá la verdad de la vida de una persona y cómo ha trabajado en ella. El que da en el clavo en la interpretación de este texto es san Ireneo de Lyon. Él comenta que el talento es una moneda que había en la época y que llevaba el cuño del emperador al que pertenecía. Recordemos cómo Jesús, cuando le preguntan capciosamente si deben pagar el tributo al César o no, pide una moneda y pregunta de quién es la imagen y la inscripción. Y ante la respuesta de que es del César dice: Dad al César lo que es del César. Y añade: Y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 15 – 21). Con ello da la clave de interpretación de la parábola de los talentos. ¿De quién es la imagen y la inscripción que llevamos grabada en lo más íntimo de nuestro corazón? Pues de Dios. Si esto es así, demos a Dios lo que es de Dios.

De esta manera, la parábola habla de la imagen de Dios que constituye la esencia de nuestra vida. Hemos sido hechos a su imagen y semejanza y toda la tarea de nuestra vida es hacer que se vea cada vez más nítidamente esa imagen que Dios ha puesto en nosotros. Por ello, de lo que se trata en nuestra vida es de parecernos cada vez más a Dios. Y esto no se hace por imitación como si fuéramos un loro de repetición. No es tratar de reproducir en nosotros actitudes forzadas que no nos salen artificialmente. Se trata de amarlo de tal manera que por identificación de amor nos parezcamos cada vez más a él.

Así, se entiende que los dos primeros siervos a los que se les encomiendan distintos talentos (uno cinco y otro dos, cada uno según su capacidad) hacen exactamente lo mismo: duplican la imagen de Dios puesta en ellos. Y reciben ambos el mismo premio: la promesa de ser puestos al frente de algo importante y, sobre todo, el paso al banquete de su señor. Y también se entiende el fracaso del siervo que decide enterrar el talento. Ese es el drama del hombre que echa tierra sobre la imagen que ha recibido, de tal manera que no se ve en él ni siquiera quién es.

Por eso, al final, al que tiene se le dará y le sobrará. Es decir, al que se haya preocupado de utilizar todos los medios que Dios pone a su alcance para parecerse cada vez más a Dios, el que se haya preocupado de no tratar de identificarse con el mundo sino con Dios, que es su modelo, ése obtendrá lo que busca y, en el Cielo, se le dará en plenitud la imagen de Dios. Ya lo dice san Juan en su carta: Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él porque lo veremos tal cual es (1 Jn 3, 2 – 3). En el Cielo, nuestro gozo será ser absoluta transparencia de lo que es Dios. Es la promesa del Génesis: Seréis como dioses. Pero no por nuestros propios medios sino en comunión con él que nos hará partícipes en plenitud de su propia vida (por eso se nos dará y nos sobrará). Y para ello, habremos invertido todas las capacidades que haya hecho falta porque el criterio no es poner en juego todas las aptitudes que tengamos sino saber trabajarlas unas, dejarlas o invertirlas otras y sublimarlas otras, para que se vaya realizando el plan de Dios en mí.

Y así, al que creía tener pero no tenía, se le quitará hasta eso. Claro. Al que se ha empeñado en ocultar la imagen de Dios porque no la quiere, el Señor no le obligará a mostrarla por toda la eternidad sino que – movido por un amor doloroso – le quitará hasta lo que cree tener y se lo dará al que se ha ocupado en tenerla. Este es el drama de nuestra libertad que, con todo el dolor de Padre que ama, Dios ha decidido respetar.

Por tanto, ante esta parábola, no nos queda otra que lanzarnos a amar a Dios buscando que se realice su plan en nosotros y toda la creación pueda contemplar la grandeza de los hijos de Dios. Eso es lo que pide san Pablo con tanta fuerza en su carta.

PARTIENDO DE LA VIDA. VER

  1. Mostrar alguna situación en la que he tenido que optar por unas capacidades y no por otras para que se pudiese realizar el plan de Dios en mí.
  2. Mostrar situaciones en las que se vea que el mundo pide una cosa y Dios pide otra. Y dependiendo a quién se responde, unas aptitudes se han desarrollado y otras no.
  3. Mostrar algún encuentro con alguna persona en la que he podido ver cuánto se parece a Dios y en la que haya entendido que no se trata de buscar la gloria mundana sino la gloria de Dios, que no es otra que el hombre viva con la vida de Dios.

ILUMINACIÓN DESDE LA FE. JUZGAR

  1. Pasa al gozo de tu Señor por cómo te pareces a él. (Mt 25, 14 – 30).
  2. Reproducir la imagen de Dios es hacer justicia a su plan en nosotros (Mt 22, 15 – 21).
  3. Lo propio del hijo es parecerse a su padre (Lc 15, 31 – 32).
  4. Al final de nuestra vida se verá si pertenecemos al rebaño de Dios o no. El gran protocolo es el amor al prójimo como el que Dios tiene (Mt 25, 31 – 46).
  5. Somos la esperanza de la creación que ansía ver la imagen de Dios realizada (Rom 8, 12 – 23).
  6. Para entrar en la vida de Dios, hay que haberse preparado (Mt 22, 1 – 14).
  7. Dios mira el interior para ver cómo es el hombre, no su apariencia (1 Sam 16, 7).

COMPROMISO APOSTÓLICO

  • Hacer un balance y ver si verdaderamente estoy utilizando todas las cosas que Dios me da para que se realice su plan o vivo despreocupadamente tratando de buscarme a mí mismo en lo que hago.
  • Lo mejor para poder ver la verdad de mi vida es poder contrastarla con alguna persona de Dios. Buscar a alguien que me pueda ayudar para caminar certeramente en el camino de Dios.
  • Pensar en alguna cosa que me tenga “atado” y tratar de liberarme de ella dejándola de lado si es posible y, si no, sin prestarle la atención que demanda.